“El Predicador Eléctrico”, la portada

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Llegamos al desenlace, al tercer capítulo de esta historia, con más guitarras y más tormenta. Una Gretsch y un par de botas sucias monopolizan la portada. Ya no hay tantas reminiscencias místicas al final de este viaje: hacer canciones es un oficio potencialmente terrenal.

Podemos ver cómo a lo largo de la trilogía los cielos se han ido oscureciendo, y los elementos orgánicos se han vuelto más secos. El Predicador Eléctrico está acompañado por guitarras distorsionadas y canciones aparentemente más crudas. Volver a la esencia de las canciones, a la nocturnidad y a la desmitificación de la misma.

Es sabido por todos que en esta trilogía hemos jugado con iconos y simbología religiosa, explorando así, los limites de una extraña profanación.

Es evidente que los predicadores son distintos que los santos y las santas. Abandonando ese halo de bondad congelada en las estampitas, su misión reside en la tierra que pisamos y está bien fijada: convencer, engatusar, engañar o, simplemente, seducir.

Las canciones (las buenas canciones) al fin y al cabo, son una prédica impía, subversiva, poética o simplemente potente: capaces de unir a personas en un mismo sitio -mental o físico-, hacer que tu vida tenga sentido por una milésima de segundo, perderte entre los límites de la consciencia, hacer que te enamores de algo o alguien que ni siquiera existía unas horas atrás o simplemente pensar -durante cuatro o cinco minutos- que todo, absolutamente todo, es posible.

La guitarra de Woody Guthrie (aquella máquina de matar fascistas) lo sabía muy bien.

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